Josep Fontana Lázaro, español (Barcelona, 1931). Entre los libros publicados por este autor tenemos: La Quiebra de la Monarquía Absoluta, 1814-1820 (1971) y La Crisis del Antiguo Régimen, 1808-1833 (1979), Historia, Análisis del Pasado y Proyecto Social (1982), La Historia Después Del Fin de la Historia. Reflexiones Acerca de la Situación Actual de la Ciencia Histórica (1992), Europa Ante el Espejo (1994), Introducción al Estudio de la Historia (1999), La Historia de los Hombres (2001) y La Revolución Liberal en Cataluña (2003), ¿Para Qué Sirve la Historia en un Tiempo de Crisis? (2003), Por El Bien Del Imperio, Una Historia Del Mundo Desde 1945 (2011).
De fontana se trabajará con el capítulo 7 del libro ¿Para Qué sirve la historia en un tiempo de crisis?, denominado Estado, Nación e Identidad en América Latina.
Este autor
comienza comentando acerca de la dificultad para llegar a definiciones
inequívocas de Estado y Nación. Afirma que con frecuencia se le atribuyen al
Estado las siguientes características:
1. Control de un territorio definido por unas fronteras.
2. Capacidad de mantener el monopolio de la elaboración
de reglas dentro de un territorio.
3. Un conjunto de instituciones que disponen de medios de
coerción y de violencia.
La dificultad
para definir al Estado puede evidenciarse por el simple hecho de que nadie sea
capaz de afirmar cuántos Estados existen en el planeta. El Banco Mundial cuenta
160, la ONU tiene 185 miembros (aunque
paradójicamente se llama organización de Naciones Unidas cuando realmente
agrupa a Estados), el ministerio de relaciones exteriores de Alemania calcula que existen 281 Estados
en el mundo.
Para definir la
nación la dificultad es aún mayor pero para definir el nacionalismo no se
presentan dificultades. Se descalifica, actualmente al nacionalismo como una
aberración de estos tiempos pero realmente lo que se cuestiona es el
nacionalismo de los demás y sobre todo al nacionalismo de los países que
reivindican su derecho a la autodeterminación y al control soberano de sus
riquezas naturales. Las descalificaciones surgen de las élites de los países
que vienen practicando el colonialismo y el neocolonialismo.
En el caso de
los países latinoamericanos cuyas fronteras surgieron de las impuestas por los
colonizadores y no por las etnias que existían previamente a la llegada de los
invasores europeos, las élites que
dirigieron el proceso de independencia,
no sólo aceptaron y asumieron la división político territorial dejada por los
colonizadores sino que tomaron la modernidad como finalidad histórica de las
sociedades nacientes y en este sentido se imita el modelo de Estado Nación
oriundo de Europa. Esto, incluso, condujo al trato discriminatorio de los
sectores sociales no “representativos” de lo moderno, entiéndase a los de
origen indígena y africano. Sin embargo, el nacionalismo latinoamericano
asimila culturalmente elementos no europeos también.
Por otro lado,
es necesario puntualizar que
El problema es que la nación no tiene una traducción política propia que
le permita convertirse en una forma de ejercicio de poder. Pertenece a la
dimensión de la conciencia y, para encarnar en la realidad, necesita asociarse al estado y engendrar con
él ese híbrido que llamamos el “estado nación” o más frecuentemente “nación
estado” (pero me parece que es mejor poner los dos componentes por el orden de
su importancia real, y está claro que lo
primero es el estado).[1]
Esto podría traducirse afirmando que el Estado
Nación es una forma de poder que se viste de nación, es decir, de conciencia.
En Europa, los Estados Nación surgieron dentro de
las fronteras de las viejas monarquías que albergaban distintas naciones que
tenían como elemento común el ser gobernadas por el mismo soberano. Para
reforzar esas nuevas identidades colectivas se inventaron los himnos, las
banderas y tradiciones relacionadas con las ideas de patria.
En América Latina los Estados Nación surgieron
dentro de unos territorios que habían sido definidos por las antiguas
audiencias y además, afirma el autor que los esquemas de organización y
dependencia coloniales, sobrevivieron después de la emancipación.
Las élites que dirigieron el proceso de lucha
independentista fueron los mismos que se
beneficiaron durante siglos de la explotación de los esclavos secuestrados en
África y de los indígenas nacidos en estas tierras. Y por supuesto, en muchas
ocasiones aplastaron las innumerables rebeliones que se suscitaron en contra
del régimen colonial.
Los Estados Nacionales surgidos así,
progresivamente, convierten a los indígenas y esclavos en ciudadanos, a la vez
que las tierras propiedad colectiva de los indígenas se convierten en propiedad
privada a través de un proceso de despojo de estas por parte de terratenientes apoyados por el
Estado Nacional. Claro, mucho tiempo antes ya había comenzado este
desplazamiento, durante el proceso de conquista y colonización europea. Este
asunto ha arrastrado hasta nuestros días no pocos conflictos políticos y
sociales.
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