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Concepción del Estado del Positivismo.
La mayoría de los académicos consideran a Augusto Comte (1798-1857),
como el fundador del positivismo quien
presentó al mundo occidental una teoría para la conservación del statu quo. Sin
embargo, no pocos autores plantean la influencia que sobre Comte ejerció el
conde de Saint-Simon. Pensamiento que se pasará a revisar en las siguientes
líneas.
de origen aristocrático, luchó en la guerra
de la independencia de los EEUU y al retornar a Francia, renunció a sus títulos
nobiliarios y apoyó a la revolución de su país. Fue discípulo de Jean le Rond
D'Alembert , teórico de la ilustración. y visitó al menos en una oportunidad a
Rousseau. Fue una de las primeras
personas que planteó la construcción de
un canal de navegación que uniera el Océano Atlántico con el océano Pacífico.
Estimó que el desarrollo de las ciencias, el nacimiento de una burguesía
industrial y comercial, la reforma protestante y el iluminismo, sumaron en el debilitamiento de la iglesia católica y de
toda la sociedad medieval.
Claude Henri de Rouvroy, conde de Saint-Simon (1760-1825), francés (nacido en París),
Aunque admiraba la unidad
social medieval asumía que su derribamiento era irreversible y que la sociedad
que la sustituiría debía basarse en el predominio del pensamiento científico.
Llamó “fisiología social” al estudio de la conducta humana y consideró que esta ciencia debía
convertirse en una ciencia positiva,
recuérdese que hasta esa época no habían nacido las ciencias humanas ni
la sociología, sólo existían las ciencias naturales y entre estas, la más popular, era la física. Aseguró que el conocimiento humano había
pasado por tres etapas: teológica, metafísica y científica (o positiva). En la
etapa positiva, la ciencia ocuparía el lugar que antes había tenido la religión
en cuanto a fuerza cohesionadora de la sociedad al ofrecer una visión coherente
del universo y del ser humano. En la etapa positiva se aplicaría la ciencia a
todos los fenómenos naturales y humanos. Expresó su esperanza de que las
ciencias humanas alcanzaran la unidad, el prestigio y la desenvoltura de las
ciencias naturales. Para aquellos que no tuvieran la capacidad de captar intelectualmente la
verdad científica, se le impartiría a través de rituales.
Saint Simon visualiza una
sociedad autoritaria dirigida por una élite científico-tecnológica y una élite
de propietarios industriales y productivos. Explica la revolución francesa como
producto de los conflictos de clase entre quienes poseían y los
desposeídos, y al incorporarse los
intelectuales que manejaban los principios de la ciencia positiva del lado de
los desposeídos, la vieja élite compuesta por la familia real, la nobleza y la
iglesia católica, pierde la superioridad cultural e intelectual. Esta concepción guarda cierta semejanza a lo que en el siglo XX planteará Gramsci al
hablar del concepto de hegemonía. El conocimiento científico constituye la fuerza potencial del progreso social como
la fuerza de cohesión para toda la sociedad en tanto que esta evoluciona como
una comunidad del conocimiento, una comunidad de ideas. Para Saint Simon, lo
que une a los pueblos es la manera común de pensar y de representarse el mundo.
Plantea la edificación de
una nueva organización internacional sobre la base de nuevos principios. La
iglesia hasta ese entonces, desde la perspectiva de Saint Simon, había sido el
modelo de organización internacional. Afirma además que en cada nación existe
la misma estructura social: los productores y los ociosos, estando en el primer
grupo: industriales, comerciantes, banqueros, administradores, obreros
manuales, etc., partiendo de que todos estos tienen intereses comunes, cuestión que enfrentó Marx
en su teoría. Mantiene un celoso respeto por la propiedad privada y rechaza las
ideas de igualdad social.
En lo que respecta al
pensamiento económico, se alinea del lado del laissez faire propio del
liberalismo que defendían los fisiócratas y propone una planificación racional y científica y centralizada de la
producción. Ve a la economía como vía para mejorar las condiciones de vida de
la sociedad. Sostiene que es incierto
que la búsqueda del bienestar individual condujera automáticamente al
bienestar colectivo general (como lo aseguran los seguidores de Adam Smith)
puesto que el egoísmo sin medida de los ricos y la rebeldía de los pobres,
conduciría por senderos de descomposición social. Aquí entra de nuevo en juego la necesidad de edificar
una nueva religión: el pensamiento positivo.
El sistema industrial debía basarse en el amor fraternal lo cual
conduciría a mejorar las condiciones de vida de las clases más pobres.
En cuanto a elementos que
se relacionan más directamente con el
Estado (puesto que su posición respecto a la propiedad privada ya
evidencia parte del papel que debe jugar
el Estado), propone un parlamento industrial compuesto de tres cámaras: una de
invención, formada por científicos, artistas e ingenieros, quienes tendrán la
tarea de asumir todo lo relacionado con
la planificación de los proyectos públicos; otra de examen, formada por científicos que
tendrá entre sus funciones, supervisar los proyectos y controlar el proceso
educativo; y otra de ejecución, formada
por industriales, quienes deben llevar a ejecución los proyectos y controlar el
presupuesto. Los científicos y los
industriales eran considerados por este pensador, como los líderes naturales de
los obreros. Sólo las élites cultas podían dirigir la sociedad. No deben
gobernar los más fuertes sino los más capaces, es decir, los conocedores de la
ciencia y la industria. Estos, en vez de dictar las leyes, debían indicar que
era lo más adecuado para ajustarse a las leyes naturales de la sociedad y de
las cosas.
La conciliación de clases
sería posible a través del desarrollo de la ciencia del hombre que
fundamentaría la unidad orgánica de la sociedad. Se observa el papel
conservador que le correspondería a la sociología positivista de este pensador
francés.
Abriga la esperanza que
algún día la política se convierta en
una ciencia positiva cuyo fin sea develar las leyes del desarrollo, de la
evolución y el progreso social, las cuales desde su perspectiva, son
inevitables. Estas leyes orientarán a quienes deben tomar las decisiones para
construir la nueva sociedad, evitando nuevas revoluciones, producto de los
conflictos de clase, el descontento, las ambiciones y la ignorancia. La nueva
sociedad debe estar gobernada, no por hombres sino por principios y estos no
eran otros que los del pensamiento positivo (científicos e industriales).
Al igual que Hobbes,
supedita las libertades personales a los intereses generales de la sociedad
(para Hobbes era el Estado), la cual debe mantenerse orgánicamente unida para
garantizar el orden y el progreso.
La actividad industrial
unirá a todos los países puesto que todos están interesados en el desarrollo de
la producción y el intercambio. Estos intereses comunes conducen a la
solidaridad. Esta visión transciende el
estrecho límite de las naciones, lo cual le conduce a asegurar que el mejor antídoto del nacionalismo es la
ciencia, la cual forjaría una fuerza unificadora de la comunidad internacional.
Considera que el nacionalismo conduce a
las rivalidades y a la competencia, expresiones contrarias a lo que sería la
confraternidad internacional de una sociedad guiada por los principios de la
ciencia y la industria.
En la última etapa de su
vida, Saint Simon, planteaba que a la nueva sociedad le haría falta la ciencia
tanto como la religión, acercándose a una visión panteísta en donde lo material
y lo espiritual se unen en un todo. La
búsqueda de la felicidad a partir del consumo de bienes materiales no
constituía la mejor finalidad para la humanidad y planteó la necesidad de una
nueva ética en la que la filosofía y ciencia positiva se unirían formando una
nueva religión.
Pero en definitiva, su síntesis representa ideológicamente a la burguesía y a
las élites profesionales y pugnaban por consolidar y promover la posición de
poder que habían conquistado durante la revolución y el imperio. Cuando la
burguesía finalmente lo repudió no fue por su “socialismo”, sino por su teología.[1]
Irvin Zeitlin considera inexplicable que
Marx haya incluido a Saint Simon dentro de los pensadores socialistas dado toda la carga conservadora y burguesa de
su discurso. Sólo en lo relativo a la planificación centralizada de la
producción puede conseguirse una cercanía con el pensamiento socialista.
Para la nueva filosofía, el orden
constituye siempre la condición fundamental del progreso; y, recíprocamente, el
progreso se convierte en el fin necesario del orden: como, en la mecánica
animal, el equilibrio y el progreso son mutuamente indispensables, como
fundamento o destino.[2]
Para Comte, la revolución es un momento
negativo de desintegración social. Considera más conveniente para la sociedad
la aplicación del conocimiento de la evolución progresiva.
Se
puede resumir el pensamiento de Comte con respecto al Estado afirmando que el
autor le asigna el papel de restringir la dispersión de las ideas y
sentimientos que genera la natural y constante división del trabajo en la
sociedad por lo que puede implicar esto. Todas las instituciones del Estado y
la sociedad (la familia entre estas),
deben contribuir a la estabilidad social, el orden, el progreso y la
solidaridad. Al someterse el individuo a la sociedad (como en Hobbes y Saint Simon),
obtiene como recompensa que el Estado se encargue de aliviar su carga de
responsabilidades, al asumirlas este, y a la vez, recibiendo su guía y
orientación.
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