Concepción del Estado en la Edad Media

Concepción del Estado en la edad media.

Resultado de imagen para caricatura edad mediaPasando a  la edad media para observar el  pensamiento respecto al Estado que se tenía durante esa larga época que va del siglo V  al siglo XV (mil años aproximadamente), se debe señalar que con la decadencia del imperio romano, el cual se divide en el siglo IV, en imperio de occidente cuya capital era Roma y el imperio  de oriente cuya capital era Bizancio (Constantinopla), los pueblos del norte de Europa y Asia, atraídos   por las bondades que ofrecía el Mediterráneo y aprovechando la debilidad del imperio romano y por supuesto, el rechazo que tenían en contra de este, los distintos pueblos sometidos a sus impuestos, altamente onerosos y otros atropellos, deciden atacar los extensos territorios del imperio. Disuelto este, sólo quedan  innumerables reinos independientes, aun cuando Carlomagno intenta construir el Sacro Imperio Franco Romano pero ya en el siglo IX. 

Destrozadas las instituciones romanas, una de las que se mantenía más estables era la Iglesia Católica, con la cual los reyes barbaros establecieron acuerdos,  convenientes a las dos partes. Sin embargo, a pesar de esta, tan provechosa alianza, no dejaron de presentarse conflictos entre el poder civil y el eclesiástico. Así, distintos autores refieren que durante la edad media se presenta el conflicto entre el “Poder Espiritual” y el “Poder Temporal”. Se pasará en las líneas siguientes a dar revisión a algunos autores de la edad media, haciendo sus reflexiones  en torno al Estado.

Resultado de imagen para caricatura san agustín, la ciudad de diosDe los representantes más significativos de la iglesia católica de la edad media  se debe comenzar  con Agustín (354 D.C. – 430 D.C.),gran padre y doctor de la Iglesia occidental durante los siglos IV y V, aseguraba que en la indagación de la verdad se debía confiar en la experiencia de los sentidos. Es considerado uno de las figuras más importantes de la iglesia católica después de Pablo. Sus conceptos  van a tener una importancia cardinal en la noción política de Estado durante la Edad Media. Su obra La Ciudad de Dios (413 D.C – 427 D.C.), constituye una honda meditación sobre la Historia y la Ciudad. Aquí,  San Agustín elabora  una lectura diferenciada entre las dos ciudades en las que se fracciona la humanidad y que coexisten desde el inicio de los tiempos: una terrenal en la que el amor propio llega a repudiar a Dios,  y otra, la celestial, en la cual  el amor a Dios rebasa el amor a sí mismo. Solamente El Supremo puede determinar a cuál de estas dos ciudades pertenece cada ser humano. Un estatuto común aceptado por el pueblo, conforman un Estado y esto constituye  la ciudad terrenal. Aun cuando Agustín asegura que todo poder legítimo proviene de Dios (en tanto que este  creó todo lo terrenal), la ciudad terrenal no necesariamente tiene relación directa con Dios.

Para San Agustín, los cristianos sólo podían aspirar a la  ciudad celestial (Ciudad de Dios) y para esto debían obedecer al poder divino debido  a que  el poder terrenal a pesar de estar separado del poder celestial, estaba dentro de la obra de Dios, así que el poder divino prevalecía sobre el terrenal,  de tal suerte que todos deben  postrarse y someterse a él.  

Los conceptos de Agustín tuvieron mucha influencia sobre el humanismo y los protagonistas de la Reforma (finales de la edad media y comienzos de la era moderna).

Resultado de imagen para caricatura de santo tomas de aquinoMucho más adelante en el tiempo, Santo Tomás de Aquino (1224 D.C. – 1274 D.C.), religiosos y filósofo (el mayor representante de la escolástica) que se enfrenta a los averroístas quienes revindicaban a Aristóteles en cuanto a la importancia que tenían los sentidos para la adquisición de los conocimientos, disminuyendo la importancia de la revelación como fuente de saber. Para Tomás de Aquino las verdades de la fe y las que surgen  de la experiencia sensible, tal cual lo planteaba  Aristóteles, son concurrentes y complementarias. Santo Tomás ordenó  el conocimiento de su época  y lo orientó al servicio de la  fe católica. En su carrera  por conciliar la  fe con el conocimiento derivado de la experiencia sensible, fundó una síntesis filosófica de las obras y enseñanzas de Aristóteles y otros sabios clásicos tales como san Agustín y otros padres de la Iglesia, de Averroes, Avicena, y demás  eruditos islámicos, de pensadores judíos como Maimónides y Solomon ben Yehuda ibn Gabirol, y de sus predecesores en la tradición escolástica. Así la Biblia, los preceptos católicos y todo el conocimiento que parte de la concepción  teórica que posteriormente daría paso a la ciencia a través de la observación y la experimentación, se sentaban a la misma mesa. La mesa de la modernidad que se comenzaba  a anunciar.

En su concepción filosófica de la política, a pesar de aceptar  la valoración  positiva de la sociedad humana, formula la justificación  de la subordinación del Estado a la Iglesia.
Además asegura que el Estado debe estar orientado hacia la consecución del bien común de toda la sociedad.
Dando algunos pasos atrás en el contexto donde surgen estas ideas acerca del Estado, se puede reiterar que con la disolución del imperio romano, se genera una inmensa dispersión del poder político. Los pequeños propietarios ya no pueden contar con la protección del poderoso  Estado  romano ante la posibilidad de amenazas externas (aunque en el sentido positivo ya no eran esquilmados por los impuestos imperiales), y se agrupan  alrededor de los señores feudales y viceversa, los señores feudales se hacen acompañar de una red de pequeños propietarios los cuales le son beneficiosos desde distintos puntos de vista, sobre todo económico y militar. Muchos de estos señores feudales, otrora fueron oficiales reales que ante la debilidad  o ausencia de un poder central fuerte, asumen la autoridad dentro de los territorios donde asientan sus haciendas. En algunos casos, con autorización de los reyes y en otros, muy a su pesar. Esta presencia y permanencia de estas relaciones favorables a los señores feudales, terminaría generando las condiciones para que estos le disputaran el poder o parte del poder a los reyes. Esto agudizaría la percepción de dispersión del poder.

En los siglos XV y  XVI, Europa occidental se vio sacudida por una serie de eventos históricos relevantes como la peste negra que diezmó a la población, llegando a aniquilar hasta a un tercio de la población, los distintos episodios  de guerra entre príncipes y entre estos y los señores feudales, y el cisma de la reforma. Todo esto debilitó el poder del modo de producción feudal. La sociedad comenzó a experimentar una especie de laicización, lo cual de alguna forma se expresó en el ya viejo debate entre “poder  espiritual” y “poder temporal” o terrenal, es decir, entre el poder de los papas y el poder  de los reyes. 

Bajo este cuadro de circunstancias, surge el pensamiento de Marsilio de Padua (1275-1343), teórico político, teólogo y filósofo italiano. Su verdadero nombre   era Marsilio dei Mainardini,  nacido  en Padua, se matriculó para estudiar medicina en  la universidad  homónima.  Fue rector de la Universidad de París en 1313.
Este autor considera que la iglesia no es una institución sagrada. Que es tan terrenal como cualquier otra, y en tal sentido, le correspondía al Estado Laico la máxima autoridad  dentro de un  territorio, e incluso sobre la iglesia misma. La autoridad del Estado debe estar basada en las leyes.

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