Concepción del
Estado en los positivistas latinoamericanos y venezolanos.
Concepción
del Estado en los positivistas latinoamericanos.
América Latina recibe la influencia del
pensamiento positivista a partir de la segunda mitad del siglo XIX, esto a través
de representantes de las clases dominantes y de la clase media acomoda de estos
países que habían tenido contacto con Francia, Inglaterra, Alemania,
principalmente. Asimismo por algunos
migrantes europeos que por alguna razón vinieron a vivir a estos países como es
el caso de Adolfo Ernst (1832-1899) quien nació en Primkenau (Silesia, reino de
Prusia, actualmente parte de Polonia) en 1832, realizó estudios universitarios
en Berlín, llegó a conocer a Alejandro Humboldt, y migró a Venezuela en 1861, siendo considerado como uno de los
iniciadores del positivismo en este país, junto al venezolano Rafael
Villavicencio (1838-1920). Lisandro Alvarado, José Gil Fortoul (1861-1943) y Pedro Manuel Arcaya se
encuentran entre los discípulos de estos dos brillantes intelectuales.
El
pensamiento positivista latinoamericano plantea una serie de ideas que se
pueden resumir de la siguiente forma:
- La importancia de alcanzar el progreso para las naciones latinoamericanas. Esto implica el desarrollo de la industria y las ciencias.
- El papel que debe jugar la educación para poder alcanzar la finalidad del progreso, cambiando la mentalidad negativa del criollo americano, así como del indígena y el afro descendiente.
- El desarrollo de vías de comunicación y de los medios de transporte con el fin de fortalecer el mercado y unir a la nación.
- Imitación de los EEUU. Sarmiento llegó a proponer la creación de los Estados Unidos de Sur América. Algo parecido plantea el otro argentino Juan Bautista Alberdi.
- Observan demasiada debilidad en las sociedades latinoamericanas, lo cual explican por la calidad de las “razas” que las componen, como por el modelo de colonización español.
- Algunos proponen la deslatinización de nuestros países y proponen la sajonización.
- Proponen la creación de instituciones fuertes que sean capaces de conducir a las naciones por la vía del orden y el progreso.
- La senda para el cambio que proponen para las repúblicas latinoamericanas es el positivismo (desarrollo del pensamiento científico y de la industria), y para implantarlo, proponen la educación y la inmigración europea.
- En general proponen:
- El paso del orden teológico al orden positivo.
- El paso del militarismo al industrialismo.
- Formar una burguesía que haga por estas naciones lo que sus modelos han hecho en Europa y Estados Unidos.
Los
positivistas en México apoyaron y sustentaron teóricamente la “Tiranía Honrada” de Porfirio Díaz
(1830-1915); en Chile se ponen del lado de quienes se plantean vencer la “larga noche de la
colonia”, creando una oligarquía “ilustrada”; en Uruguay plantean la “moral
pragmática” que conduciría a la nación por el “camino ejemplar”; en Argentina
se forma una oligarquía de ideas liberales y positivistas que promueve la
inmigración europea. En Venezuela, justifican la existencia de gobiernos
despóticos que impusieran el orden necesario para alcanzar el progreso, dada la
naturaleza “atrasada” de la población
(la teoría del gendarme necesario).
Hay
que destacar que no hay una copia al
calco del pensamiento positivo europeo en América Latina, por el contrario, se
observan matices, adecuaciones y combinaciones con el evolucionismo de Lamarck,
Darwin, Spencer y hasta con el marxismo.
La mayoría de los argentinos repudia totalmente el mestizaje (entre europeos,
indios y africanos), mientras que la mayoría de los mexicanos ve en el
mestizaje la esperanza para salir
adelante. Eso sí, la inmensa mayoría de los representantes del positivismo
latinoamericano considera al indio y al africano como “razas inferiores” y a
los europeos como “razas superiores”, encontrando en la inmigración desde estos
países, la solución para entrar en la civilización, para entrar en la era
positiva, a través de la ciencia, la educación, la industria y el
comercio.
Comparten
la visión del laissez-faire, laissez-passer de los fisiócratas,
conceptualizando la función del Estado a las reducidas tareas de defender y
proteger la vida de los ciudadanos y la propiedad privada, especialmente la
industria y el comercio; cobrar
impuestos para que con estos se puedan
cubrir los gastos de la guerra y la defensa nacional, los servicios públicos,
fundamentalmente.
Partían de la idea de que los individuos estaban mejor
capacitados para producir y administrar las riquezas y que estas actividades económicas desarrolladas por
los individuos terminaban por beneficiar a toda la sociedad producto
precisamente de los bienes que producían y ponían a la disposición de todos a
través del comercio; los conocimiento científicos que permitían hacer surgir,
la formación del carácter y disciplina en los miembros de la sociedad,
etc., los cuales constituyen elementos
fundamentales del progreso y a su vez, de la estabilidad social y política.
De
inmediato se pasará a revisar directamente el pensamiento de algunos autores
que representan el positivismo en América Latina. Sólo se presentarán los
necesarios para apoyar las afirmaciones anteriores
Comienza Prado, alabando la
Constitución de las Cortes de Cádiz, de 1812:
Vinieron
por fin, las célebres Cortes de Cádiz, que dictaron la constitución de 1812.
Respeto, gloria inmortal defenderá, siempre, la memoria de sus legisladores.
…No es posible dejar de admirar aquella
famosa Constitución que, ... ha demostrado
hasta la evidencia, que no puede haber libertad ni seguridad y, por lo mismo
justicia ni prosperidad en un Estado, en donde el ejercicio de toda
autoridad esté reunido en una sola mano., hizo residir la soberanía en la
nación (art.3), separó el ejercicio de los poderes públicos, limitó la autoridad del Rey (art.
172),que estaba obligado a jurar la Constitución (art. 173), declaró que la
nación española era la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios(art.
1) . . .[1]
Aquí se nota la
coincidencia entre los positivistas y los pensadores de la ilustración e
incluso de John Locke, es decir del pensamiento moderno burgués acerca del Estado. Aquí está el concepto de
representación y soberanía ciudadana muy bien
asociados a los valores triunfantes de la burguesía y la modernidad. Al
Estado le corresponde entonces: “. . . conservar y proteger por leyes sabias y
justas la libertad civil, la propiedad y los demás derechos de todos los
individuos. . .”[2]
Pero la democracia,
tal cual la estima Prado, exige una población “educada”, “laboriosa”,
“honrada”, “prudente” y “sumisa”, mientras por otro lado se requiere de un
Estado “severo” que mantenga contenida las “ambiciones”:
Fundándose en la soberanía nacional, manifestada por el voto popular, en
un sistema electivo, exige, en primer lugar, la existencia de una nación, que
en todas sus clases tenga conciencia de sus deberes políticos y sociales, y sepa cumplirlos; estableciendo el
principio de las mayorías, es preciso que estas sean ilustradas y patrióticas,
laboriosas y benéficas, y no que
representando los instintos de masas inconscientes, ahoguen por medio del mayor
número de elementos nocivos la voz de la honradez y de la inteligencia;
proclamando la igualdad y la libertad en todas sus manifestaciones, demanda el
régimen republicano , elevada conciencia moral, carácter severo, juicio
prudente para no convertir la igualdad en ambición loca e insaciable, ni la libertad en
desenfreno de pasiones desencadenadas que arrastren los fundamentos de la
libertad y de todo orden social:[3]
Esto obliga, desde la perspectiva
de Prado, a que el principio de
autoridad haga respetar los derechos de los demás, y que las instituciones
públicas como expresión de la división de los
poderes públicos sean dirigidas por individuos de “condición superior” y
que lo hagan de una manera armónica, atendiendo a las preceptivas de la
legislación y de la moral.
Prado encuentra en el asunto
racial, el principal obstáculo para alcanzar el progreso de la nación peruana.
. . . la influencia perniciosa que las razas inferiores han ejercido en
el Perú con su cruzamiento con la española; habiendo impedido, por otra parte,
la división profunda, establecida en la época colonial, entre los blancos, los
negros y los indios que se unifiquen los sentimientos nacionales, los intereses
de la patria.[4]
Esta es una de las constantes
conceptuales de los positivistas latinoamericanos. La inferioridad de los
“negros” e “indios” y el nocivo “estilo” de colonización española. En el caso
de Prado, enumera brevemente la parte negativa que según él, presenta cada
componente “racial”:
La raza india no la considera como suya[5]
; la negra no se preocupa de su suerte; quedaba sólo sobre los antiguos
criollos, sobre los engreídos hijos de los españoles, ignorantes de la escuela
de gobierno y de la vida práctica; abrumados al contrario, por la carga de la
fatal herencia, de tradición secular, completamente contraria a las
instituciones republicanas; todo el peso de la nueva nación, de su régimen, de
su honra y de su progreso[6]
El autor no se detiene a revisar las posibles
causas de esas “conductas”, las hace aparecer como naturales, genéticas. Aquí
no se nota el más mínima esfuerzo de
análisis crítico, ni siquiera compara los comportamientos de estos seres
humanos en otros contextos socioculturales, ni se revisa la historia ni las
condiciones de vida de los “indios y negros”.
Siendo coherente con su razonamiento,
Prado cree encontrar la solución en la inmigración europea:
Los males
han sido y son muy graves, pero hay remedios para combatirlos. Proviniendo
aquellos, en primer lugar, de la influencia de la raza, es preciso modificar esta, renovar nuestra sangre y nuestra herencia
por el cruzamiento con otras razas que proporcione nuevos elementos y
substancias benéficas. . . . Es preciso aumentar el número de nuestra población, y lo que es
más, cambiar su condición, en sentido
ventajoso a la causa del progreso. En
América, gobernar es poblar y la población debe buscarse en la inmigración espontánea, atraída por la
acción de las leyes, del gobierno y de los particulares, de razas
superiores, fuertes, vigorosas, que al cruzarse con la nuestra,
traigan ideas prácticas, de libertad, de trabajo y de industria.[7]
Prado usa la expresión “inmigración
espontánea”, pero de las “razas
superiores” (europeos). Es una espontaneidad muy particular, sólo europeos. Y
de inmediato pasa a afirmar que debe negarse la inmigración de las “razas
inferiores” que pondrían en riesgo el porvenir de Perú. La laboriosidad, la inteligencia práctica, el
sentido de libertad, están determinadas
casi que
por la genética, por la herencia. No lo expresa directamente pero al
afirmar que sólo los europeos pueden hacer ese aporte que es esencialmente
cultural, está otorgándole a estos
rasgos, una condición casi biológica.
Sin embargo, estima la importancia de la educación:
Sí, es
preciso, en primer lugar, educar, y educar mediante el trabajo, la industria
“que es el gran medio de moralización”. No hay nada que eleve más el carácter
del hombre actual, que lo haga más respetuoso de las leyes y del orden social,
que lo haga interesarse más íntimamente,
por el porvenir del país, que lo haga ser más práctico y prudente, que la
riqueza adquirida por medio de esfuerzo personal.[8]
Se observa una visión pragmática de la
educación, asumida como instrumento “civilizador”. Es decir modernizante,
asociada por supuesto al desarrollo de la industria y de las ciencias. El
modelo de sociedad lo constituye la modernidad europea, bajo la hegemonía de la
burguesía. El carácter conservador del
pensamiento positivo hace pasar por “ciencia objetiva”, toda una construcción
ideológica justificadora de un proyecto
evidentemente clasista.
Abogado, escritor, filósofo, escribió libros significativos para la
sociedad argentina como “Fragmento Preliminar al Estudio del Derecho” (1837),
“Bases y Puntos de Partida Para la Organización Política de la República
Argentina” (1852), considerado por algunos autores como su obra más importante,
“Estudios Sobre la Constitución Argentina de 1853 y “Elementos de Derecho
Público Provincial” (1853), “Condiciones
de la Unión Definitiva de la República Argentina” (1861), “La República
Argentina Consolidada en 1880 con la Ciudad de Buenos Aires Como Capital”
(1881), entre otros. Su obra intelectual ha sido recogida en varios volúmenes
que acopian, además de sus libros, cartas, artículos de revistas y diarios,
discursos y conferencias.
Se puede resumir el pensamiento de este
argentino positivista a través de las siguientes afirmaciones:
En América Latina se puede observar una
inadecuación de las formulaciones constitucionales y las especificidades
nacionales. Este divorcio es producto de la ignorancia de los dirigentes
políticos. Lograr la autoconsciencia de la comunidad es la condición primera
para llegar a la nacionalidad.[9]
Al igual que Platón, Aristóteles,
Montesquieu, entre otros, cree en la
existencia de un derecho natural universal, anterior al positivo.
La popularidad es un signo irrefutable
de legitimidad de los gobiernos. Sin embargo, asegura que la participación
política de las masas debe ser regulada para evitar caer en la anarquía. Además sostiene que la legitimidad esta soportada en
los valores naturales de la libertad, la
justicia y la propiedad.
La soberanía del pueblo debe estar condicionada a la cultura, la
inteligencia y la educación. Con esta afirmación se limita la soberanía
popular, justificando una democracia de élites.
Las naciones latinoamericanas,
“atrasadas” como estaban, no podían adoptar el sistema representativo de
gobierno propio de los países europeos y EEUU, hasta tanto no hubiese
convertido a sus respectivos pueblos ignorantes, en ciudadanos cultos,
racionales, conscientes y respetuosos de sus derechos y deberes. Era partidario
de restringir el poder del sufragio universal
Los “Padres de la Patria” conquistaron
la independencia material y a las nuevas generaciones le correspondía lograr la independencia mental.
El desarrollo del pensamiento asociado al desarrollo de las ciencias, la
industria, el comercio, fundamentalmente,
abandonando el pensamiento del
guerrero y del catolicismo.
La iglesia no podía formar a los nuevos
hombres que requerían las nuevas naciones: ingenieros, científicos,
comerciantes, industriosos, diplomáticos, entre otros.
Los países latinoamericanos son países
de instituciones débiles, sin historia y con una mala educación.
En América Latina se libra una
lucha entre la civilización y la
barbarie. Este concepto se presenta en la obra de importantes escritores de la
región como los argentinos Domingo Faustino
Sarmiento (1811-1888), Ricardo Güiraldes (1886-1927), , el colombiano José
Eustaquio Rivera (1888-1928), los venezolanos Rufino Blanco Fombona
(1874-1944), Rómulo Gallegos
(1884-1969), José Rafael Pocaterra (1889-1955), y muchos otros representantes
del modernismo e incluso del tradicionalismo del siglo XIX. Para Alberdi, todo
lo que no es europeo, es la barbarie.
Se
debe lograr la modernización de las repúblicas latinoamericanas de
afuera hacia adentro, es decir, a través de la inmigración (trasplante
inmigratorio). Preferiblemente, noreuropea.
La inmigración otorga, desde la
perspectiva de Alberdi, una doble ventaja: modifica el sustrato poblacional y
sirve para difundir materialmente la cultura moderna.
Para Alberdi, la educación, modela la
voluntad y forma el carácter. Se educa
más a través de la imitación que de las explicaciones teóricas. La laboriosidad
se aprende imitando a los hombres laboriosos que migren hacia los países del hemisferio. No era a través de barcos
llenos de libros que se educaría a la población, sino a través del trabajo y la
imitación de los inmigrantes en su
laboriosidad.
Pretendió fundar una filosofía latinoamericana copiando los
principios y fundamentos de la filosofía positiva europea. Sería una especie de
filosofía del progreso.
Las constituciones y las leyes deben ser
reflejo o traducción de las circunstancias sociopolíticas de las repúblicas. En
otras palabras: “ni el hombre ni el pueblo eligen discrecionalmente su
constitución . . . provienen de condicionamientos establecidos en las
disposiciones del suelo, de la población, de las instituciones anteriores y de
los hechos que constituyen su historia ”[10]
Como
forma de gobierno formuló la monarquía constitucional que era una
especie de gobierno culto centralizado y fuerte que asumiera las tareas que
condujeran a los países atrasados al progreso.
Cuestionaba la debilidad, según él, de los regímenes de gobierno
federalistas que se habían adoptado en América Latina.
Considera a la economía como el motor de
la historia. Unir y centralizar a la República Argentina no depende de las
leyes sino del desarrollo de carreteras y caminos, ferrocarriles, vías fluviales navegables,
industrias, comercio, el crecimiento de la población y la ocupación del
territorio. Para eso el Estado debe garantizar la paz, exigir contribuciones
moderadas y administrar la justicia.
Las libertades económicas debían
funcionar a plenitud mientras que las libertades políticas debían estar
limitadas a una elite, mientras la educación produjera el cambio que hiciera de
los individuos ignorantes, sujetos políticos cabales.
En el proyecto modernizante de Alberdi,
no entran los indígenas, los negros ni la herencia católica española.
Representan lo atrasado.
Alberdi vio con buenos ojos el despojo
del cual fue objeto México, por parte de EEUU en 1848, dado que esto constituía
la posibilidad de progreso para los habitantes de ese territorio.
La estructura de las sociedades se
asemeja a los organismos naturales. En esto, Alberdi, sigue el pensamiento del
teórico social inglés, Herbert Spencer (1820-1903).
Consideraba que las condiciones
geográficas de Sudamérica exponían permanentemente a sus habitantes a correr el
riesgo de no ver con claridad, la necesidad de la laboriosidad como vía para
crear riquezas, dada la extraordinaria feracidad de sus suelos y lo favorable
de sus climas.
Según Alberdi, los requisitos para
formar un país moderno eran:
1. Gobierno
estable.
2. Población.
3. Riqueza.
4. Seguridad.
De estos cuatro elementos se derivan:
·
La paz.
·
El progreso
·
La civilización.
En el debate que se generó en su tiempo
en torno a la conveniencia de un gobierno central o federativo, propuso un
sistema mixto. La República formada por varias provincias independientes pero
subordinadas al gobierno central. Asimismo y en esta misma dirección, propuso
un poder legislativo de dos cámaras, una para los representantes de las
provincias y otra para la nación.
En
la última etapa de su vida pasó a defender un liberalismo doctrinario y radical
que fue recogido en el discurso “La Omnipotencia del Estado es la Negación de
la Libertad Individual”, pronunciado en el acto de graduación de la
Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, de la Universidad de Buenos Aires, el
24 de mayo de 1880. En ese acto fue nombrado Miembro Honorario de esa Facultad.
Este ensayo fue reproducido de sus “Obras Selectas.”En este discurso, Alberdi, revisa lo que él
denomina las raíces de la tiranía, partiendo
de la noción greco-romana del Estado hasta llegar al Estado Moderno,
haciendo énfasis en la necesidad de
limitar las funciones del Estado como pre requisito indispensable para
el progreso de la nación, coincidiendo plenamente con la tesis de Adam
Smith. Abandona su concepción de la
necesidad del Estado fuerte y los gobiernos centralizados.
Pensamiento
positivista en Venezuela y su concepción del Estado.
Llegó a desempeñar los cargos de ministro de Fomento
(1870), ministro de Instrucción Pública (1897) y presidente del Congreso
Nacional (1895). Fue Rector de la
Universidad Central de Venezuela en dos ocasiones (1895 y 1898), fue miembro de
número de la Academia Nacional de la Historia y de la Academia Nacional de
Medicina.
Se encuentran entre sus ensayos más destacados: La República de
Venezuela Desde el Punto de Vista de la Geografía y topografía Médicas y de la
Demografía (1880), Las Ciencias Naturales en Venezuela (1895), La
Evolución Social y Política de Venezuela (1900) y Ciencias
Contemporáneas (1914).
En
el discurso pronunciado el 08-12-1886 en la Universidad, Villavicencio realiza
un ejercicio para estimular el estudio del positivismo exaltando el papel de la
industria en la sociedad. Hace una verdadera apología de la modernidad, el
industrialismo, la ciencia positiva, el orden y el progreso.
Me esforzaré por
demostraros que la civilización es tan favorable a la religión y a la moral como lo es a las
ciencias y a las artes; a la libertad como al orden; o lo que tanto vale, que al paso que el hombre ilustra su
entendimiento, que se proporciona
bienestar con las riquezas adquiridas por la
industria, que procura mantener el orden social, suaviza sus costumbres,
depura su moral, y se hace verdaderamente libre. [11]
Villavicencio
muestra una fe absoluta en la modernidad
(él la llama civilización), entrando armónicamente, desde esta perspectiva, la
religión, la moral, las ciencias, las artes, la libertad, el orden, partiendo
del bienestar que garantiza la industria,
actividad que además, contribuye con el mantenimiento del orden mejorando la cultura (costumbres y moral de
la población).
Considera
a la libertad como la facultad de los individuos para resolver sus asuntos
partiendo de sus conocimientos y experiencia. Pero esta libertad siempre
estará comprendida dentro de las leyes naturales y jurídicas, las cuales debe
conocer plenamente para tomar provecho a través de su uso. Así que lógicamente,
la ignorancia y la inexperiencia coartan la libertad. Puede colegirse
fácilmente que la libertad está directamente relacionada a la propiedad y a la
riqueza:
El orden, la
seguridad, la propiedad y la igualdad, efectos necesarios de la civilización,
constituyen la libertad, y crecen con aquella prestándose mutuo y poderoso
apoyo. Dondequiera que unos hombres pretenden oprimir a otros, hay desorden y
causa de desórdenes; donde nadie afecte
pretensiones ilegítimas, hay
reposo y certeza de orden, el despotismo es turbulento; la libertad pacífica.
La seguridad es la libertad de disponer de nuestra persona; la propiedad la de
disponer de nuestra fortuna; la igualdad la de elevarse cada cual en proporción
a sus méritos. En consecuencia, mientras
más ilustrado y moral sea el hombre, y más respete el uso legítimo de las
facultades de sus semejantes, será más librre. En una palabra, la medida de la
libertad es la civilización.[12]
Los preceptos de la revolución
burguesa defendidos por el positivismo pero despojados de su carga
revolucionaria y por el contrario asumiendo el carácter conservador que se requiere para el momento histórico que
se vive. Aquí la industria y la ciencia se constituyen en potentísimas armas
para combatir los discursos retrógrados, excesivamente conservadores y los
revolucionarios. Las verdades de la ciencia
las presenta como eternas, universales e infalibles, frente a las afirmaciones “arbitrarias”,
“cambiantes e insostenibles” de la “metafisica”. Tal es la concepción de este
destacado positivista venezolano. Y en el centro está el individuo y la
propiedad privada como santuarios de la sociedad moderna.
Sostiene una concepción lineal de
la historia de las sociedades:
La sociología ha demostrado con el carácter de certeza
que distingue las nociones científicas, que toda época histórica es el
resultado de la época anterior, y que si
retrógradamos en el curso de los siglos
hallaremos el estado primitivo de la humanidad, bien que la historia se detenga
en los imperios de Egipto, de la India y de China. Ha probado, igualmente, que
la humanidad pasa por transformaciones graduales del salvajismo a la vida
nómada, a la de pueblos sedentarios que se sostienen por esclavos, al régimen
feudal y la servidumbre, a los privilegios de las clases y corporaciones, a la
preponderancia del poder central, y finalmente, a la libre concurrencia debida
al régimen industrial. ¿Y quién no ve en esta marcha a la humanidad ascendiendo
y mejorando en ciencias, artes, moral y libertad. [13]
Además del carácter lineal y
etapista de la historia, se puede
observar en este párrafo, la versión evolucionista de los cambios en la
sociedad (gradualismo), evidenciando su desacuerdo (de manera implícita) con
el pensamiento y prácticas
revolucionarias, y la fe casi ingenua en el capitalismo (lo llama libre
concurrencia), el industrialismo y toda la cultura de la modernidad, asumiendo
a esta como destino indefectible de la humanidad.
En este mismo orden de ideas, el
autor, en este discurso, expone su explicación acerca del paso del esclavo al siervo hasta llegar al ciudadano, esto a
través de la apropiación de los conocimientos que les posibilita el
trabajo y del enfrentamiento y las insurreciones:
No de otro modo es que el esclavo ha pasado de su condición de siervo, y de esta, de siglo
en siglo a la de vasallo súbdito y proletario, y se esfuerza por llegar a la de
ciudadano, lo que principia a conseguirse en los países más adelantados.[14]
Y para Villavicencio, las ciencias
positivas y el régimen industrial,como él le llama, son los responsables del
trazado de esta ruta de progreso, donde triunfa la moral, la justicia y se
alcanzan los máximos escalones de las realizaciones políticas de la
civilización.
Continúa el científico, su
discurso, con la defensa del régimen
industrial de los ataques de que es objeto. Afirma, en ese sentido, que la
industria es favorable al desarrollo de las ciencias, las artes, las buenas
costumbres y perfecciona las relaciones humanas, contribuyendo firmemente al logro de la paz en la socidad.
Desde el momento que se ha probado que todos los
intereses son armónicos, el régimen de la libre concurrencia debe
necesariamente conducir a la paz ; y si la guerra todavía comparte con
aquella el dominio del mundo, es
porque no se han extinguido los privilegios; pero la sociología nos deja ver
por el pasado, el porvenir, y a través de las nubes de humo y sangre que
surgen todavía de los campos de batalla, divisamos la risueña aurora del
hermoso día de la paz . . .[15]
El optimismo de Villavicencio
desconoce la realidad en la cual la feroz competencia entre capitalistas (la “libre concurrencia”), arrastraba a una
buena parte de la humanidad hacia guerras, experiencias de colonialismo donde
se omitían los más mínimos derechos humanos y ciudadanos con la negación no
sólo del derecho a ejercer la soberanía política de los pueblos, sino, a la alimentación, la educación, la salud,
por solo nombrar algunos aspectos fundamentales para los seres humanos.
Este convicción de Villavicencio
es expresión del optimismo de una clase burguesa triunfante, que en siglos
anteriores derrotó a la nobleza europea
y cuenta entre sus haberes todo un inventario de éxitos en el campo de
las ciencias (importantes descubrimientos), la tecnología (grandes invenciones
en el campo de la navegación, transporte, industria, energía, entre otros), la
administración, la política y las artes.
En la
última etapa de su vida, Rafael Villavicencio realiza un cambio radical en su
pensamiento, así el 29 de junio de 1911, contando con 73 años, leyó en la Academía Nacional de
Medicina (la cual fue fundada en 1904 por otro eminente positivista: Luis María
Francisco Nicolás de Jesús Razetti Martínez), un discurso completamente opuesto
al anterior, haciendo serios cuestionamientos al caótico desenvolvimiento del
progreso europeo,
Villavicencio, seguidor de las enseñanzas de la
teosofía, se atrevió a proclamar que ante el derrumbe inminente de la moderna
racionalidad occidental, no había otra salida para la humanidad que el retorno
a la olvidada gnosis mística de las
tradiciones antiguas, desplazadas desde el medioevo por la dogmática anquilosada
del cristianismo y, desde el siglo XVIII, por el ateísmo materialista de la
ciencia.[16]
Este viraje antimoderno o al menos
pesimista con respecto al rumbo de la humanidad guiada por la preceptiva del
progreso, marcó a partir de esa época el pensamiento de Villavicencio. Esta
misma visión pesimista antimoderna también ha sido compartida por otros
intelectuales venezolanos como Manuel Díaz Rodríguez (1871-1927), José Rafael
Guillent Pérez (1923-1989), José Manuel Briceño Guerrero (1929), Juan Liscano
(1915-2001), entre los más conocidos.
Durante la mayor parte de su vida,
Rafael Villavicencio defendió las tésis del positivismo que es decir, las tésis
de la modernidad, el industrialismo, las ciencias, y en el caso más especifico
de América Latina se asocian a la educación
y a la inmigración europea. El Estado, por supuesto, debía asumir estas
tareas, generando, además, la
legislación y las intituciones que le
permitieran a la industria su pleno y libre desenvolvimiento.
Luis
Razetti, caraqueño, hijo de un migrante italiano y una venezolana, graduado de
médico antes de cumplir los 22 años en la Universidad Central de Venezuela,
considerado, junto a Pablo Acosta Ortiz, como uno de los iniciadores de la
cirugía moderna. Realizó en París un postgrado en cirugía y obstetricia
(1890-1893). Fundador de la Sociedad de Médicos Cirujanos de Caracas (1893), el
Colegio de Médicos de Venezuela (1902), la Academia Nacional de Medicina (1904), el Congreso
Venezolano de Medicina (1911) y del
Institutto Anatómico (1911), fundador de la primera clínica privada de
Venezuela, en Caracas (conocida hoy en día como Policlínica Luis Razetti,
proyectada y construida por su hermano el ing. Ricardo Razetti). Ejerció las
fuciones de vice rector y rector de la
U.C.V. Fue senador por el estado Zulia.
Se convirtió, de manera autodidacta, en
uno de los primeros médicos higienistas de Venezuela. En 1924 estuvo casi un
año exiliado por denunciar la excesiva mortalidad infantil en el país. En 1904
sostuvo una polémica pública con el también médico y científico, José Gregorio
Hernández, acerca de la doctrina de la ascendencia y el origen de la vida.
Desde 1982, sus restos se encuentran en
el Panteón Nacional.
El 12 de
febrero de 1909 pronunció un discurso en la Academia Nacional de la Medicina
con motivo de la celebración de los cien años del nacimiento de Charles Darwin
(1809-1882)[17].Ahí planteó que
Darwin destruyó el principio de la inmutabilidad de las
especies, y Spencer, el más grande de los pensadores modernos, dilató la
evolución orgánica hasta los dominios de la filosofía y creo una nueva y
grandiosa ciencia del espíritu humano.[18]
El positivismo de
Razetti es darwinista y spenceriano como en la mayoría de los positvistas
latinoamericanos. Aunque el británico Herber Spencer (1820-1903), conoció la teoría darwinista, fue muy
influenciado por la teoría de Jean Baptiste Lamarck (1744-1829). Spencer escribió en 1884 un ensayo llamado
“El Individuo contra el Estado” que puede ser considerado como una pieza
representativa del más puro liberalismo, donde la libre competencia como
expresión de la ley del más fuerte o el más apto, se convierte en la máxima del
desarrollo o evolución de las sociedades.
Los principios de la selección natural aplicados a la sociedad, fundamentan en
el individuo y su lucha por la supervivencia, la clave natural del progreso.
Este concepto justifica toda la acción de empresas, gobiernos en contra de
contingentes humanos y naciones, en nombre del progreso,la civilización y la
verdad.
Razetti ajusta
cuentas con la religión, en nombre de la ciencia y el progreso:
La religión y la ciencia tienen sus límites, cada una
de ellas debe girar en su esfera. Pero como no es la religión sino la ciencia
la dueña y señora de los destinos humanos, porque no es la religión sino la
ciencia la encargada de dirigir el progreso, cada vez que la religión pone un
obstáculo a la obra del progreso, la ciencia en nombre de los derechos humanos,
está en el deber de oponerse a la acción
retrógrada de la religión.[19]
Precisamente,
el insigne médico, considera que Charles Darwin[20]
cumplió con el deber de echar por tierra las ideas creacionistas que defendía la religión judeo cristiana. Afirma
creer en la verdad de la ciencia y el progreso como únicos factores de la
civilización.
En su
libro “Filosofía Constitucional” expone su visión de la sociedad y la historia,
plenamente coincidente con el pensmiento positivista latinoamericano. Aquí sólo
se hará referencia al darwinismo que Gil Fortoul muestra en este escrito.
Lo más
significativo, desde la perspectiva de
los objetivos de este trabajo se puede
resumir afirmando que el autor ataca al
pensamiento teológico y al racionalismo dado que ninguno de los dos puede
explicar el origen de las instituciones
de la sociedad ni de la sociedad
misma ni de la naturaleza. La manera de alcanzar este conocimiento consiste en
la observación propia de las ciencias. La evolución, la selección natural y la
competencia resultan conceptos caros para la explicación de Gil Fortoul quien enfatiza que la
evolución no presenta saltos, siendo los cambios graduales, la única forma de
presentarse el recorrido evoutivo de la naturaleza y las sociedades.
El
individuo y el individualismo son, en la sociedad humana, el elemento iniciador
de la adaptación y la supervivencia. La asociación sólo es circunstancial y
momentánea. Este concepto, ya desde antes de Locke, viene sirviendo de soporte
ideológico a la rapiña de la libre competencia.
Sin
embargo, afirma que las relaciones entre los individuos, constituyen el origen
de las leyes y de las instituciones y que la sociedad,en su devenir desde los
estadios primitivos se van elevando a la categoría de Estado:
El desarrollo de los Estados se verifica en plena
civiliación cuando se han constituido las nacionalidades, esas grandes armonías
de los intereses humanos, análogas en la sociología a lo que son las razas en
la antropología. En el rebaño domina la
necesidad del momento; en la tribu se fija el lazo de parentesco; el Estado se
constituye por la unidad del territorio y
la analogía de instituciones; la nacionalidad se caracteriza por la
comunidad de historia y la armonía de tendencias intelectuales y morales.[21]
El historiador parece olvidar que cuando se da el inicio del
proceso de unificación de las naciones,
las élites hegémonicas obligan a la unificación político territorial a otros
grupos, a través de cruentas guerras y
maniobras políticas. Lo importante, entonces, no era la historia común, ni la
lengua ni la cultura (como se verá más adelante cuando se estudie al
historiador marxista Eric Hobsbawm). Lo fundamental era la presencia de un
gobierno centralizado sobre un territorio y la lealtad al Estado estaba por
encima de otras lealtades (individuales, culturales religiosas o de otro tipo).
Como otros positivistas, también
considera que el Estado se crea para garantizar a los individuos el goce de sus
derechos imprescriptibles. Aún así, es enfático al afirmar que la historia y la
etnografía demuestran que las bases de
todo gobierno la constituyen la necesidad y la fuerza. Nótese cierto parecido a
Maquiavelo.
El largo camino evolutivo lleva a
la humanidad desde lo simple a lo complejo, desde las ordas primitivas al
Estado Constitucional, con una compleja división de poderes especializados:
legislativo, judicial y ejecutivo.
Las funciones sociales empiezan a especializarse cuando
la vida en conjunto se complica de tal suerte que todos los individuos no pueden dedicarse al propio tiempo a la misma
actividad y cuando los progresos de la ciencia, el arte y la industria fundan
la libertad del trabajo y la relativa independencia de las corporaciones. En
este estado el gobierno no puede ser unipersonal, tanto por la imposibilidad
material de que una sola persona aprecie y resuelva todos los problemas
referentes a los intereses públicos, como porque la civilización política consiste en someter
la acción del gobierno a la resultante de los intereses y voluntades
individuales.[22]
Aquí puede apreciarse una suerte
de acercamiento al pensamiento de Marx. No hace uso de las categorías de
fuerzas productivas, relaciones de producción, infraestructura y
superestructura pero de alguna manera parece referirse a estos conceptos cuando afirma que los progresos de la
industria, la ciencia y el arte propician una mayor especiaización (Marx dice
que el desarrollo de las fuerzas
productivas genera sus propias relaciones de producción, entrando aquí,
la división del trabajo, lo que Gil Fortoul denomina especialización).
Afirmando de seguido que ese progreso (industria, ciencia, artes) fundan la
relativa independencia de las corporaciones. Marx, habla acerca de que la
infraestructura sirve de base de apoyo a la superestructura. Hay que repetirlo,
no se trata de discursos idénticos, simplemente se trata de una aproximación
conceptual. Engels, en más de una ocasión refirió que los enemigos de Marx,
ponían tanto empeño en invisibilizar a
Marx como en plagiarlo.
En párrafos anteriores se afirmó que el positivismo
latinoamericano tenía sus variantes y combinaciones, esta es una de ellas.
Ramón J. Velásquez afirma que el positivismo de Gil Fortoul está mezclado con
marxismo. Pero hay que seguir leyendo a
este autor, desarrollando sus conceptos respecto al Estado, en este caso, la
división de poderes:
Cada función gubernamental es designada entonces a los
que mejor puedan ejercerla. La función legislativa se encuentra en una o varias
corporaciones, la función ejecutiva en uno o varios individuos y la
función judicial en tribunales creados
con el solo fin de ejercerla. Cuando los
ciudadanos han llegado a la plenitud de sus derechos en sus relaciones con el estado y el
gobierno, formas políticas de la sociedad, las tres funciones políticas se
especializan aún más y nacen
directamente de la función madre: la función electoral.[23]
Esto de “los mejores”, es una de
las constantes del discurso positivista latinoamericano que justificó la
presencia de gobiernos oligárquicos y autoritarios en estos países. Porfirio Díaz
gobernó fraudulentamente durante 32 años a
México apoyado en una casta de
terratenientes, industriales, intelectuales (entre los que se encontraba el
destacado positivista Justo Sierra, 1848-1912,
fundador de la actual Universidad Nacional Autónoma de México), y científicos, es decir, de una
oligarquía ilustrada.
Otro tanto ocurrió en Venezuela, Juan Vicente Gómez
ejerció una dictadura liberal durante 27 años y se apoyó de un cuerpo
calificado de intelectuales, entre los que
se encontraban los positivistas, Gil Fortoul, Vallenilla Lanz, José
Luis Andara (1868-1923), Ángel César
Rivas (1873-1930), Pedro Manuel Arcaya (1874-1958), Santiago Key Ayala
(1870-1960), Pedro Manuel Morentes (Pío Gil) (1863-1918), César Zumeta (1863-1955), quienes
apoyaron en distintas medidas la tesis
del gendarme necesario.
Puede
comentarse además, la coincidencia con
el pensamiento liberal de Locke, Montesquieu, entre otros. El Estado Nacional
Moderno, se apoya en el concepto de legitimidad que viene dado por la
representatividad. Se supone que el
Estado representa los intereses de toda la sociedad y que el pueblo, de manera soberana, ejerce el poder a
través de sus representantes en el Estado, de ahí, la valiosísima importancia
que tiene la función electoral. Bolívar propuso en la redacción de la
Constitución de Bolivia (1825), la creación del Poder electoral, además del
ejecutivo, judicial y legislativo.
Uno
de los pensadores positivistas venezolanos que goza de mayores reconocimientos
es Laureano Vallenilla Lanz (1870-1936).
A sus ideas se hará referencia en las siguientes líneas.
Estudia
derecho en la U. C. V. pero la artritis que
lo aquejó una buena parte de su
vida, lo obliga a abandonar la carrera en 1888 (había comenzado en 1886).
Escribió en distintos diarios como “La Nueva Era”, “El Universal”, La
Revolución” (editado en Barcelona), “El Imparcial”, también de Barcelona, “El Ciudadano”, “El
Pregonero”, “EL Corresponsal”, “El Patriota”, “EL Tiempo”, entre otros,
así como en “El Cojo Ilustrado”, importante revista vocera del modernismo positivista venezolano.
Director del “Nuevo Diario” (1915-1931), periódico oficioso del Gomecismo,
creado en 1913 para apoyar la reelección
de Juan Vicente Gómez. Su primer director fue Diógenes Escalante.
Sus
dos hermanos (Baltazar y Agustín) participaron de la invasión[24]
que el banquero-general Manuel Antonio
Matos[25],
encabezó entre 1902 y 1903 contra el gobierno de Cipriano Castro y caen
prisioneros tras la rendición de Nicolás Rolando en Ciudad Bolívar en julio de 1903 y son
trasladados al Cuartel San Carlos de Maracaibo.
El mismo Laureano había pasado algunos días detenido en el Cuartel de Policía
de Caracas (julio de 1902). La mediación del escritor Manuel Vicente Romero García (1861-1917), quien había formado parte del
estado mayor de la invasión de Castro en 1899, logró su excarcelación.
Vallenilla ataca públicamente a Matos en un artículo de “EL Pregonero”
en 1904, y Castro, en respuesta, libera
a sus dos hermanos, y al autor del artículo le ofrece un cargo consular en
Europa. Así, Laureano Vallenilla Lanz comienza su carrera política, en Francia, donde comenzará
a escribir “El Cesarismo Democrático” y “Disgregación e Integración”,
publicados en 1919 y 1931 respectivamente. En Francia traba amistad con Pio
Baroja, Benito Pérez Galdós, Vicente
Blanco Ibáñez, Eduardo Zamacois, Francisco Villaespesa y Miguel de
Unamuno.
Ocupa el cargo de Intendente
de Instrucción Pública del Distrito Federal (1911); en 1912, es elegido
Individuo de Número de la Academia Nacional de la Historia; en 1913, fue
nombrado director del Archivo Nacional, cargo conseguido a través de su
compadre José Gil Fortoul; en 1916 es nombrado senador por el estado Apure; en 1918 se incorpora a la Academia Nacional
de la historia de la cual será su director en 1924; presidente de la Cámara del Senado en 1920;
en 1921 aparece su libro “Criticas de Sinceridad y Exactitud”; nuevamente, funciones diplomáticas en 1931
(Francia y Suiza). Muere de pulmonía en
Francia en 1936.
Algunas ideas de este intelectual se pueden resumir en lo siguiente:
Antepone
la sociedad al individuo. Con este
planteamiento se acerca a Hobbes y Saint- Simon y se aleja de Locke.
Asume la
historia como un proceso evolutivo, rechazando las rupturas abruptas en la
sociedad. Adapta así las teorías de Darwin como la mayoría de los positivistas,
quienes, además se apoyan en Spencer. Aquí, el etapismo determinista es la guía
para comprender y explicar los cambios graduales de las sociedades.
Pone de
relieve la dicotomía entre una doctrina de pensamiento y su aplicación. Explica
de esta forma que en los países de Hispanoamérica no se hayan puesto en
práctica los principios políticos filosóficos que movieron a los fundadores de
las repúblicas.
Asume el
concepto de que la modernidad genera los principios de la soberanía popular y de democracia, cuya expresión, en
términos de representatividad, es el Estado Nacional.
El orden
es el medio necesario para alcanzar la meta del progreso. Este principio
teórico, propio y fundamental del positivismo mundial, justifica plenamente el
respaldo inequívoco al gobierno autoritario de Juan Vicente Gómez.
Se
diferencia de la mayoría de los positivistas latinoamericanos al hacer
referencia al concepto de “raza”. Para Vallenilla Lanz, la raza no se entiende
desde el punto de vista estrictamente biológico. “el concepto de raza adquiere
aquí una nueva dimensión: la de “raza social”, que se define por procesos a
través de los cuales un grupo logra establecer
su propia idiosincrasia.”[26]
Para el autor, cuando se dice “raza social”, se está haciendo
referencia a psicología, mentalidad, cultura. Elementos estos que entran dentro de los centros de interés de lo
que se conoce como la historia de larga
duración.
Para
alcanzar la transformación cualitativa
de la sociedad venezolana, Vallenilla propone como elementos dinamizadores, a
la inmigración y a la educación utilitaria. Estos elementos, como se ha
reiterado párrafos antes, son constantes en el pensamiento positivista
latinoamericano. Considera que en las sociedades modernas, los comerciantes,
obreros, sobre todo especializados, industriales, son más necesarios que los
médicos o abogados que no desempeñen su ocupación profundamente.
Critica
el lenguaje de los políticos. Asegura que expresiones como “soberanía”,
“pueblo”, “Constitucionalidad”, entre otros, no son más que mitología
demagógica. No son más que fórmulas estériles trasplantadas desde Europa que no cambian la realidad venezolana por sí
mismas. Por el contrario, contribuyen a generar más confusión, frustración y
desorden. No se puede enfrentar la realidad partiendo de principios abstractos.
Propone reinterpretar la modernidad para reencontrar a los sujetos que
conforman la sociedad. Para esto se debe comenzar por la historia.
Consideraba
a la legislación del país, un “intrincado laberinto”, producto de la sucesión vertiginosa de constituciones
surgidas de las continuas “exaltaciones revolucionarias” que a su vez eran
expresión de intereses sectarios y de empirismo político.
Aseguraba
que no son los principios teóricos los
que mueven a las masas populares. Los principios motores pueden encontrarse en
las fuerzas sociales que se ponen en juego. Las élites, como actores colectivos, pueden orientar la
direccionalidad de esas fuerzas sociales siempre y cuando puedan frenar las
tendencias anarquizantes que en medio del proceso de cambios puedan destruir
las estructuras sociales.
Para
Vallenilla la verdadera investigación científica en historia comienza con el
positivismo. Atribuye a los “resabios persistentes de viejas teorías metafísicas”, las dificultades para investigar, comprender y explicar los
orígenes sociales y políticos de la
colectividad venezolana. Para esa “intelectualidad metafísica”, desde la
perspectiva de Vallenilla, “Todo parece surgir en nuestra historia como por arte de magia; y la
tendencia del espíritu humano, que lo induce a solicitar en las vaguedades
teológicas y metafísicas la causa de los
fenómenos cuya explicación no se
encuentra fácilmente…”[27] y esto es resultado, a su vez, desde la perspectiva positivista de
Vallenilla, de la mezcolanza de razas y a la deficitaria educación venezolana.
Vallenilla
Lanz plantea que la creencia de que las instituciones públicas podían fabricar
pueblos y que la conducta y carácter de
las sociedades se podían modificar, simplemente, partiendo de los
dictámenes de los documentos oficiales
(constituciones y leyes), viene de los héroes de la independencia y estos, a su
vez la trajeron de los filósofos
europeos de su época. Esta visión, según Lanz, dificulta encontrar el rumbo
para salir de los problemas políticos
del país.
El
autor de “Cesarismo Democrático” consideraba que la influencia de las
instituciones sobre los pueblos, es nula si no se adaptan a la sociedad y sus
costumbres.
Hasta
aquí puede dejarse la enumeración que se viene haciendo para lograr una
aproximación al pensamiento de Vallenilla Lanz con respecto al Estado Nacional.
Las constantes del pensamiento positivista latinoamericano pueden observarse,
aun con sus matices: el orden y el progreso como máximas de la sociedad y como
tareas primordiales del Estado; el etapismo determinista para
explicar los cambios en la
sociedad, los cuales se entienden de manera progresiva, sin saltos; la limpieza
de la sangre a través de la inmigración de europeos (alemanes, franceses,
italianos, portugueses, holandeses, entre los principales), evitando a los
africanos, asiáticos, caribeños y latinoamericanos mestizos; el lavado de
cerebro a través de una educación pragmática, científica y técnica; en fin, se trata de un trazado
modernizador que tiene en la ciencia, la industria, el comercio, los
fundamentales ejes de realización y al Estado Nacional como al responsable
principal para garantizar el
cumplimiento de estos fines.
El Estado Nacional visto como ente central de la
sociedad, neutro, representante de la soberanía de todos los ciudadanos quienes
se verían beneficiados por su gestión.
[1]ZEA, Leopoldo: Pensamiento Positivista Latinoamericano. Tomo I. Página 327.
[2]Ídem.
[3] Ibíd. Página 329.
[4] Ibíd. Página 330.
[5]Se refiere a la nación. Los indios no
consideran a Perú como su nación.
[6]Ídem.
[7]Ibíd. P. 334.
[8]Ibíd. P 335.
[9] Afirmaciones cercanas a este
concepto de Alberdi, sostiene el venezolano, Mario Briceño Iragorry
(1897-1958), en su libro “Mensaje Sin
Destino”, publicado en 1950.
[10]ALBERDI, Juan Bautista: Política y Sociedad en Argentina. Página XXI. 2005.
[11]ZEA, Leopoldo: Ob. Cit. Página 396
[12]ZEA, Leopoldo: Ob. cit. P. 397
[13]IBÍD, P. 401
[14]IBÍD. P.
402
[15]IBÍD. P-
404
[16]FERNANDEZ, Gustavo: La corriente Nocturna. 2005.
Pág. 54
[17]Recogido en el libro Pensamiento Positivista
Latinoamericano, compilación y prólogo de Leopoldo Zea.
[18]ZEA, Leopoldo: Ob. Cit. Página 518.
[19]IBÍD. P,
519.
[20]Darwin publicó su fundamental libro “El Origen de las Especies” en
noviembre de 1859 y de inmediato se convirtió en un acontecimiento
trascendental en el campo de la ciencia occidental.
[21]IBÍD. P. 474
[22] IBÍD. P. 475
[23] IDEM.
[24]En 1902, Manuel
Antonio Matos, dirigió una extraordinaria conspiración (la conocida con el nombre de la Revolución Libertadora), contra el
gobierno de Cipriano Castro. Meticulosamente empezó a fraguarla desde finales
de 1900. En lo interior contó con el concurso de algunos líderes del
Liberalismo Amarillo que se vieron desplazados y afectados por las políticas de
Castro, y por sectores vinculados al “Mochismo” (Mocho Hernández), así como
sectores vinculados al comercio y las finanzas, y en lo exterior pudo contar
con el apoyo de empresas de Nueva York (New York & Bermúdez Company, la
cual aportó 145.000 dólares, usados para comprar y reparar un barco, en el cual
se trasladarían armas, municiones y personal), Francia (Compañía de Cables
Francés), Alemania (Ferrocarril Alemán), Inglaterra (Orinoco Steamship), así como
también con sectores de los gobiernos de Trinidad y Martinica. El tramado conspirativo también
extendía sus redes hacia Colombia. Los enfrentamientos comienzan en marzo de
1902 y ya para el 2 de noviembre de ese mismo año, el general Matos recibe una fortísima
derrota en la población de La Victoria. Después de replegarse a Curazao, El
general Matos regresa a Venezuela y ataca nuevamente, pero esta vez cuenta con
menos recursos y el gobierno se ha preparado mejor y le propina una definitiva
derrota el 3 de junio de 1903. Esta vez sí reconoce la derrota a través de un documento enviado desde Curazao adonde se
retira nuevamente. Matos, para esta aventura, había hipotecado gran parte de
sus bienes y solicitado un cuantioso préstamo a un banco de Amberes, ciudad del
norte de Bélgica.
[25]Manuel Antonio Matos había nacido en
la ciudad de Puerto Cabello el 8 de enero de 1845, estudió en Estados Unidos y Europa. Al regresar a
Venezuela funda en La Guaira la “Casa Comercial M Matos y CIA”. Fue
administrador del gobierno de Guzmán Blanco, de quien era cuñado. En 1879
contrató la acuñación de la nueva moneda venezolana: “EL Bolívar”. En 1883
fundó el Banco Comercial de Venezuela, el cual,
él mismo liquidó a los pocos años. En 1895 fue ministro de Hacienda. En
1899 Castro lo encarceló, junto a otros banqueros por negarse a prestar apoyo
al gobierno ante la terrible situación fiscal que se padecía en aquel momento.
Los banqueros (Matos, entre ellos), fueron sometidos al escarnio público, al
ser exhibidos prisioneros por las calles de Caracas. Después de ser derrotado
en junio de 1903 por el mismo Gómez, se retira por segunda vez a Curazao, para
regresar (una vez consumada la traición del vicepresidente) a Venezuela a
ocupar el cargo de Ministro de Relaciones Exteriores del Gobierno de Gómez. Se
retira de la vida pública en 1913 a los 68 años. Muere en París en 1929 a los
84 años.
[26]VALLENILA LANZ, Cesarismo Democrático Y Otros Textos. Página XXXI. 1991.
[27] IBÍD. P. 222.
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