La
foto, tomada por Henrique Avril en Caracas, en octubre de 1899, presenta a lo
largo de una calle frente a unas casas de arquitectura “colonial” a un grupo de
hombres armados, que de no ser por lo fusiles,
pudiera parecer un grupo de desempleados. La calle parece de piedra, las
casas son de barro, seguramente de adobe o tapia, como son la mayoría de las
casas coloniales de Venezuela. Puede uno imaginarse sus entrepatios interiores
y sus inmensas habitaciones, un poco oscuras y frescas, techos altísimos de
caña brava o madera, protegidos con barro y tejas (la ciudad de los techos rojos, como diría un
famoso cronista de Caracas pero nacido en Valencia en 1895), puertas y ventanas
muy altas y fuertes. Dos de las casas que pueden verse en la imagen son de dos
niveles, con sus balcones mirando hacia la calle. Puede uno imaginarse que se
trata de una de las calles principales de Caracas, cuyos habitantes, gozaban de
un nivel socioeconómico bastante
solvente, gente, quizás, vinculada a la actividad comercial, profesiones
liberales y al poder. Al fin y al cabo, para eso estaban esos
hombres ahí, para tomar el poder, y es probable, que las instituciones
asociadas al poder del Estado estuvieran por ahí cerca. Los hombres no están
mirando hacia las casas que se ven en la imagen. Están en posición de descanso,
conversando entre ellos, con sus fusiles con la culata hacia el piso y los
cañones hacia arriba, se apoyan en ellos como lo hacen los labriegos con sus
escardillas. Pero de eso es que se trata: de un grupo de campesinos (muchos de
ellos, andinos, gochos como se les decía y se le sigue diciendo) que toma el
poder en Caracas, dirigidos por quienes serían los últimos caudillos del siglos
XIX y los primeros del siglo XX: Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez (los
Compadres). Muchos de estos miran en dirección contraria a las casas, no se ve
hacia donde miran pero podría ser una plaza. ¿Qué habrá del otro lado de esa
plaza? ¿Qué aguardan estos señores? ¿Dónde están sus jefes? ¿Con quiénes están
negociando? (la política siempre se ha hecho con las armas y con la
palabra. Con la negociación).
Este
“ejercito”, es un verdadero ejercito de pobres. No llevan uniforme alguno,
muchos andan descalzos o protegidos sus pies con un calzado muy precario, como
alpargatas o sandalias. Eso no es lo apropiado para un soldado que debía llevar
botas altas de buen cuero. Llevan ropas viejas y aparentemente sucias, sombrero
de trabajar la tierra, no gorras militares. Algunos llevan doblada sobre sus
hombros una especie de cobija gruesa. Esto los delata como a los peones de
hacienda que fueron tomados por sus patronos para hacer la guerra, para que le
ayudaran a tomar el poder pero no para que los ayudaran a gobernar. Quienes les
ayudarán a gobernar, seguramente, están conversando con sus jefes en ese
momento. Este ejercito espera. A pleno sol, espera. La foto fue tomada
alrededor del medio día (algo antes o algo después de las doce) como lo
evidencia la sombra que se proyecta sobre los rostros anónimos que apenas se
siluetean debajo de los humildes sombreros y en la puerta de una de las casas.
Para
tratarse de un ejército que acaba de tomar el poder de un país, no parece un
ejército numeroso ni tienen aspecto de “invencibles”. Pero es que para expulsar
al presidente Ignacio Andrade del poder, no hacían falta mayores esfuerzos militares.
En abril de 1898, al morir Joaquín Crespo en Mata Carmelera, en batalla contra el Mocho
Hernández, quien se había sublevado contra el supuesto fraude electoral,
orquestado por Crespo, que había llevado
a Andrade al poder en los comicios del año anterior (01-09-1897), deja a este
sin su principal punto de apoyo político y militar. Las fuerzas políticas en
Caracas se preparaban para desalojar de la presidencia a quien, según su
opinión había sido impuesto por el último caudillo de la federación. Así, que
cuando Cipriano Castro atraviesa la frontera colombiana por el Táchira, el 23
de mayo de 1899, acompañado por 60 hombres armados, (entre ellos, su compadre, Juan
Vicente Gómez, quien lo traicionaría nueve años después), muy pocos estarían
dispuestos a hacerle resistencia defendiendo a un gobierno que apenas se
iniciaba pero desprestigiado y acusado de ilegítimo. Esto fue la principal
razón para que apenas en cinco meses, este ejército precario asumiera el poder
en vísperas de la llegada del siglo XX. El 22 de octubre, (11 días después de
haber cumplido sus cuarenta años), entra Castro triunfante a Caracas.
Representantes del anterior gobierno, (como el caso del vicepresidente de
Andrade, el señor Víctor Rodríguez, que ocupó
el ministerio de Obras Públicas del nuevo gobierno) se adhieren de inmediato a
los recién llegados. Así, Castro, inicia su gobierno con “Andradistas”,
“Crespistas” y “Anduecistas” que era decir lo mismo, con la saga de la
federación. Ah, otra cosa, Juan Manuel Hernández (el mocho), también entra al
gobierno de Castro como ministro de fomento. Se alza contra este a los cuatro
días, fue derrotado. También se alza contra Gómez (en cuyo Consejo de Gobierno
estuvo por dos años), y también es derrotado.
Esta
foto puede encontrarse en el archivo audiovisual de la Biblioteca Nacional de
Venezuela en Caracas. La tomé de la revista “El Desafío de la Historia”,
dirigida por Asdrúbal Baptista, año 2,
revista nº 11, año 2009, página 48, como parte del Dossier: La Restauración
Liberal.
De
Henrique Avril, el fotógrafo, podemos decir, que era de origen francés, pero
nacido en Barinas, en 1870. Hijo de Luis
Avril, quien tenía una imprenta en los llanos y llegó a trabajar para Ezequiel
Zamora en 1859. Sus tíos fundaron en Francia “La Sociedad Francesa de
Fotografía”. Estudió en Francia durante algún tiempo. Recorrió, prácticamente
todo el país tomando fotos para “El Cojo Ilustrado”, donde también trabajó su hermano
Emilio Avril. Es considerado como el primer reportero gráfico del país. Se
conservan más de 300 fotos de su autoría. Casó con una joven de Barcelona,
estado Anzoátegui, pero no tuvo
descendencia. Vivió sus últimos años en Puerto Cabello, donde murió en 1950, a
la edad de 80 años.
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